23 octubre, 2009

Quizás esta noche no se puede decir nada más; quizás todo está dicho. Toca pisar fuerte, saltar sobre los charcos, escuchar una y mil veces aquella canción que evoca nuestra infancia...La infancia, esa patria impuesta como una condena, como una salvación a veces.


Leí algo esta noche que me hizo recordar cómo es el rostro de la muerte, cómo es todo ese ambiente que rodea a los cadáveres en una casa de aldea. Los muertos se convierten de pronto en muñecos rotos , con el rostro de cera. La ropa parace que siempre les queda grande. Están mucho más viejos.
Cuando murió mi primo -tenía veinticuatro años- recuerdo que llegué al tanatorio un jueves santo por la mañana, con un chubasquero blanco porque llovía a mares, y la primera impresión que tuve fue que mi primo no era aquel que estaba al otro lado del cristal, muerto. Aquel era un muñeco metido en una caja de zapatos, al que le habían partido las piernas. Tenía más , mucho más de veinticuatro años.
Mi abuela fue sin embargo una muerta mucho más simpática. No me dió miedo, ni lástima. Las manos se le pusieron blancas y perdieron la aspereza que tuvieron en vida. La muerte la puso guapa, le dió al rostro la tranquilidad que le faltaba en vida, cuando su cabeza era un hervidero de fantasmas en el que ya no cabía ni la memoria de lo más cotidiano.
Es curiosa la muerte, la única certeza que tenemos sobre nuestro futuro, y sin embargo, nunca pensamos en ella. Somos muy osados, muy necios. Vivimos como si el futuro nos perteneciese, como si el mañana fuese cierto, real , alcanzable. Y perdemos el presente en chiquilladas inevitables.



Hoy tuve un momento que salvó esta noche de ser un auténtico desastre, o una noche más, que para el caso es lo mismo.

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