06 agosto, 2010

RESACA


Aquel sábado me desperté a las dos de la tarde sobresaltada, confusa y con un ejército de monos tocando el tambor dentro de mi cabeza. Me precipité de la cama como si se me fuese la vida en ello y perdí el equilibrio cayéndome de bruces contra la ventana. Tardé en recuperarme del golpe unos minutos, y después, arrastrándome por el suelo, rastreé la habitación en busca de los restos de la lujuria de la madrugada. Al tiempo que iba encontrando los condones usados fuí rescatando a gatas las prendas de vestir que estaban abandonadas a su suerte por todos los rincones. Las iba oliendo en un intento de recuperar a través del olfato los trasiegos de una noche demasiado larga.


Tras la limpieza del cuarto, eché mano del móvil con el que me tropecé tirado al lado del último envoltorio de Control. Tenía más de diez mensajes y cinco llamadas de mi hermana. Recordé entonces que hacía más de cuatro horas que había perdido un autobús y que le había dado plantón.


Trepé desde el suelo a la cama y me senté por fin como una persona casi normal para ir leyendo con relativa calma cada uno de los mensajes. Eran la mayoría de amigos que me iban contando los derroteros por los que fue transcurriendo su noche desde que me perdieron la pista. Algunos se disculpaban por desaparecer sin despedirse, otros se preocupaban por mi estado y uno me preguntaba tan solo si había follado. El último consiguió hacerme sonreir. Era de mi ligue de la madrugada diciéndome que iba camino de regreso a su pueblo, Valdepeñas, pensando en mi, con mi olor todavía entre las uñas.


Con el ánimo infundado por este último mensaje me dirigí a la cocina y desayuné un Ibuprofeno y un vaso de agua. Luego engullí una taza de cereales que sabían a paja como si de un medicamento se tratase, más por la necesidad de alimentarme para sobrevivir que por hambre. Comí de pie frente a la ventana, contemplando el calor abrasante de la calle.


Pasada media hora ya me sentía algo mejor, casi humana, y me dispuse a disculparme con mi hermana. Bastó una frase memorable para explicar por qué me estaba retrasando cinco horas: "se me complicó la noche". Luego afronté sin remordimientos sus gritos al otro lado del teléfono y colgué gritándole yo también que cuando regresase al mundo de los vivos volvería a llamarla.

Fué entonces cuando me di cuenta de que me quedaban tan sólo dos opciones, o terminar de morirme del todo allí mismo o enfrentar el día con la mínima dignidad de la que fuese capaz. Opté por la segunda opción y decidí cumplir finalmente los planes establecidos aunque se me fuese en ello la vida, después de todo iba a morirme en cualquier caso, así que valía la pena correr el riesgo.


La maleta dispuesta para el viaje estaba a los pies de la cama y se me presentó de pronto enorme y demasiado pesada para la ocasión, por lo que la sustituí por una mochila en la que metí una camiseta, un biquini y un montón de bragas, y después con gran determinación llamé a la estación de autobuses: " Buenas tardes, he perdido el autobús de las dies de la mañana a Portonovo, ¿cuál es el proximo?".


El camino a la estación fué un suplicio bajo 37 grados que se me antojó una pesadilla. Una vez subida en el bus, dejé atrás aliviada la ciudad infectada de las peñas y el rancio ambiente de los que gustan de ver toros morir en la plaza, y en un abrir y cerrar de ojos me encontré plantada en medio de la playa de Baltar. Me tumbé sobre la arena caliente muy cerca de la orilla para aliviar un poco el calor, con la cabeza recostada sobre mi mochila cargada de bragas a modo de almohada, y cerré los ojos. Justo dos segundos antes de quedarme dormida pensé con cierta nostalgia que Valdepeñas estaba demasiado lejos.

No hay comentarios: